Cambio de tronos: las ventajas de un CEO de acero inoxidable

Ser CEO es una profesión de riesgo. Cada vez más. En 2018, el 17,5% de los consejeros delegados de las 2.500 mayores empresas cotizadas en bolsa fueron relevados de sus puestos. Es la cifra más alta de la serie del tradicional informe anual PwC’s Strategy& CEO Success, recientemente publicado por Strategy&, el negocio de consultoría estratégica de PwC, en el que desde el año 2000 se analiza el proceso de sucesión de los CEO más importantes del mundo.

El porcentaje de primeros ejecutivos reemplazados, aunque alto en términos históricos, no debería coger por sorpresa a nadie. El escenario de los grandes negocios internacionales es muy convulso (ahí está la guerra comercial entre Estados Unidos y China para demostrarlo) y cuando vienen mal dadas el consejero delegado, como el entrenador en el fútbol, suele ser el eslabón más débil de la cadena corporativa.

Más interesantes son los motivos por los que los CEO son relevados. Tradicionalmente, el cambio se venía produciendo por razones financieras (resultados decepcionantes, mala evolución en bolsa…) o por diferencias dentro del Consejo de Administración de las empresas. Sin embargo, en 2018 la principal causa fueron los errores éticos (un 39% de los relevos se atribuyen a ellos, mientras el 35% tiene que ver con los resultados económicos y el 13% con la división en el Consejo).

A efectos del informe se consideran errores éticos los escándalos por conducta impropia, tanto del propio CEO como de otros empleados, y en esa definición se incluyen fraudes, corrupción e información privilegiada, pero también episodios de acoso sexual o currículos hinchados. La importancia de los principios éticos en los cambios del CEO es un reflejo de la creciente presión que ejercen los reguladores, los supervisores y la opinión pública en su conjunto para que los altos directivos se comporten de forma adecuada y sean un ejemplo para la sociedad.

La importancia de los principios éticos en los cambios del CEO refleja la creciente presión que ejercen reguladores, supervisores y opinión pública

Al margen de la tasa de sustitución y de sus motivos, el estudio realiza un interesante análisis de la figura del consejero delegado de larga duración (de más de diez años en el cargo) y del proceso de reemplazo del mismo. Son lo que podríamos llamar los CEO de acero inoxidable. En verdad, no hay muchos (desde 2004 solo el 19% aguanta más de diez años) y donde más abundan es en Estados Unidos y Canadá (con un índice del 30%), mientras en Japón y China la tasa de longevidad en el puesto es mucho más baja (por debajo del 10%). Estos últimos datos podríamos decir que son contraintuitivos: frente a la creencia de que las empresas norteamericanas están más preocupadas por el rendimiento a corto plazo que sus homólogas asiáticas, ahora resulta que tienden a tener más paciencia con sus consejeros delegados.

El rasgo más interesante del CEO de larga duración es que consigue resultados. Aquí tampoco hay sorpresas; si alguien está más de diez años en un cargo de tanta responsabilidad, suele ser porque lo hace bien. Pero la diferencia de rendimiento respecto a los CEO que llevan menos de diez años es muy llamativa. Si medimos los resultados de una empresa en función del retorno total para el accionista, los consejeros delegados de acero inoxidable ganan por goleada: un 5,7% anual, frente al 2,4% de los menos veteranos en el cargo.

El problema de los primeros ejecutivos de larga duración es su sucesión. Podríamos decir aquello de que la sombra de las grandes figuras es alargada, porque los herederos no suelen estar a su altura. Sus resultados en términos de retorno para el accionista son claramente inferiores (el 63% lo hacen peor que la media, frente al 44% de sus antecesores) y, en lógica correspondencia, duran menos en el cargo y los despiden con mayor frecuencia.

Naturalmente, hay excepciones a esta regla. Es el caso de Tim Cook, el consejero delegado de Apple, que está haciendo un trabajo fantástico como sucesor del mítico Steve Jobs. Pero los datos están ahí y sugieren que el proceso de transición en una empresa después de un largo (y normalmente exitoso) mandato del CEO es difícil de gestionar.

atoca: