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Unión Bancaria, ¿una vacuna contra la crisis?

La pandemia de coronavirus ha traído colapso sanitario, desolación social y pérdida de riqueza a la Unión Europea, pero al mismo tiempo ha hecho aflorar algunos de sus valores fundacionales, como la unidad de acción, la cooperación y la confianza mutua. La máxima evidencia de este renovado espíritu de solidaridad es el Plan Europeo de Recuperación o Next Generation EU (dotado con 750.000 millones de euros, de los cuales más de la mitad son ayudas no reembolsables), que rompe el tabú, alimentado durante décadas, de la mutualización de la deuda.

En el ámbito financiero, la COVID-19 también ha puesto en valor la importancia de disponer de un instrumento único como la Unión Bancaria. En la primera crisis sobrevenida desde su creación en 2014, el entramado institucional y operativo de la Unión Bancaria ha servido de escudo, junto a otras instituciones europeas y nacionales, para detener el primer golpe de la crisis sanitaria y económica. La presión de los supervisores facilitó que la pandemia pillara a los bancos mucho mejor preparados que en la anterior crisis financiera. Sus niveles de CET1, el capital de mayor calidad, se situaron en el tercer trimestre de 2020 en el 15,2% de los activos ponderados por riesgo, frente al 10,6% de finales de 2009.

Asimismo, la calidad de los activos ha mejorado sustancialmente. Los préstamos dudosos (NPL, por sus siglas en inglés) pasaron de un billón de euros en 2015 (un 8% del total) a menos de la mitad (485.000 millones, un 2,8%) en septiembre de 2020. Los colchones de liquidez también han venido subiendo de forma sostenida en los últimos años, hasta llegar al 171% en el tercer trimestre de 2020.

En el horizonte, aunque no a corto plazo, aparece como reto emergente la figura del euro digital, que vendría a complementar la función del euro físico

Además de este trabajo preventivo, tras la irrupción de la pandemia las instituciones europeas (los reguladores, los supervisores y también los gobiernos nacionales) identificaron correctamente el problema. El riesgo era que la maquinaria de la financiación de la economía colapsara y se adoptaron con rapidez iniciativas para ganar tiempo frente a la crisis. Con ese objetivo se aprobaron moratorias y préstamos garantizados por el Estado, se quitó el componente procíclico de la aplicación de la normativa contable (flexibilizando la clasificación de préstamos y la provisión de pérdidas) y se aflojó, hasta un cierto punto, la presión sobre los niveles de capital.

Asimismo, el Mecanismo Único Europeo (MUS) incentivó con medidas concretas las fusiones entre entidades financieras, a fin de hacerlas más solventes y resistentes, aunque hasta el momento sin mucho éxito, salvo en España, donde se han producido las dos únicas fusiones en Europa de bancos significativos.

El Mecanismo Único de Resolución, que es la segunda columna de la arquitectura institucional de la Unión Bancaria, también añadió cemento al muro anticrisis al adelantar dos años la constitución de un instrumento de refuerzo común (backstop), proporcionado por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), de tal forma que en 2022, junto al Fondo Único de Resolución, el sistema ya dispondrá de 100.000 millones para financiar eventuales procesos de resolución bancaria en la zona del euro.

Anestésico eficaz

Estas son las medidas adoptadas, que han funcionado como un anestésico eficaz. La rapidez, la cantidad y la calidad de las decisiones tomadas han permitido al sector financiero navegar la crisis con relativa tranquilidad y mantener a pleno rendimiento la concesión de préstamos a empresas y familias, motor básico de la actividad económica.

Sin embargo, la incertidumbre sobre el impacto de la pandemia sigue siendo muy elevada. ¿Qué pasará en los próximos meses cuando desaparezcan los efectos de la anestesia? ¿Se disparará la morosidad o se mantendrá en niveles moderados? ¿Serán suficientes las provisiones almacenadas por los bancos ante el previsible deterioro de la calidad de sus activos? ¿Bastarán los niveles de capital existentes? ¿Se encarecerá la financiación? ¿Dejarán los particulares de pedir préstamos? ¿El proceso de fusiones en marcha evitará la quiebra de los bancos en el futuro?

Son preguntas difíciles de contestar en un momento caracterizado por la impredecible evolución de las olas de la pandemia, las dudas sobre el calendario de vacunación y la inseguridad de las estimaciones macroeconómicas. Esa incertidumbre está en la raíz del renovado enfoque de la supervisión europea, que ha reforzado en los últimos meses su política de control del riesgo, en especial del relacionado con el crédito. Las autoridades del MUS instan a las entidades financieras a reforzar la vigilancia sobre los préstamos dudosos de empresas y familias, con el objetivo de detectar cuanto antes los que no son viables y actuar en consecuencia, a fin de evitar el efecto acantilado, es decir, que los impagos se reconozcan de golpe. El supervisor europeo está también preocupado por sus lagunas en la planificación estratégica y les urge a hacer proyecciones sobre el impacto de la crisis en las provisiones, los niveles de capital y los préstamos en riesgo de impago.

Aceleración en el cambio de modelo

A la espera de que se supere la crisis, lo que parece claro es que algunas de las tendencias que se vienen observando en el sector han llegado para quedarse y previsiblemente van a acelerar el cambio en el modelo de negocio de los bancos. El proceso de digitalización, ya en marcha antes de la pandemia, ha avanzado a grandes zancadas, tanto en las relaciones con el cliente como en la organización interna de las entidades. En la búsqueda de la rentabilidad perdida, el sector debería progresar hacia una especie de spotifybanking, en el que la digitalización se va extendiendo a todas las capas del servicio, en detrimento de la operativa bancaria tradicional.

A la aceleración hacia un esquema de funcionamiento decididamente digital, que juega en contra de los modelos de negocio tradicionales, se unen otros riesgos para la banca que no tienen que ver con la COVID-19, sino que forman parte de realidades preexistentes. La baja rentabilidad, la rémora de la herencia de los activos físicos (con la red de sucursales en el punto de mira) o la creciente competencia pueden llegar a ser determinantes en la configuración futura del sector.

En el caso de los nuevos competidores, la sombra de los gigantes tecnológicos es cada vez más alargada. La pandemia ha revalorizado su importancia en el engranaje de la actividad económica y ha disparado su valor en bolsa, aumentando su potencia de fuego para emprender nuevos proyectos en el sector financiero. Su protagonismo es creciente, por ejemplo, en la concesión de créditos al sector privado. En esta área del negocio bancario, todavía no es significativa su cuota de mercado a nivel mundial (entre las big tech y las fintech solo financian el 1% del total), pero sí su crecimiento exponencial, al haberse multiplicado por cuarenta su volumen de préstamos en seis años.

Además, en el horizonte, aunque no a corto plazo, aparece como reto emergente la figura del euro digital, que vendría a complementar la función del euro físico. Se trata de un proyecto que está en una fase muy embrionaria, pero el Banco Central Europeo (BCE) ha abierto el debate y parece decidido a implantarlo, lo cual puede llegar a reducir (o, al menos, a modificar) el papel de las entidades financieras como intermediarios en el sistema.

Las instituciones de la Unión Bancaria se centraron en 2020 en combatir los efectos de la pandemia en el sector financiero y en la actividad económica, pero sin dejar de lado otros temas que han venido formando parte recientementede su almacén de prioridades, como la gobernanza o la sostenibilidad. La agenda del Plan Europeo de Recuperación constituye un respaldo al objetivo de incorporar los riesgos medioambientales, sociales y de gobernanza a la estrategias y procesos de las entidades financieras. También se registraron avances en la política contra el blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo. A la espera de la creación de un supervisor único europeo específico, el descubrimiento de distintos casos de irregularidades demuestra que estas actividades pueden afectar a la solvencia y la estabilidad del sistema financiero.

En síntesis, la Unión Bancaria, con sus flagrantes deficiencias (la ausencia de una red común de depósitos y la cacofonía regulatoria en materia de resolución y liquidación, entre las más visibles), ha venido a cumplir, en buena medida, algunos de los principales objetivos con los que se creó en 2014: proteger al sistema bancario europeo de la siguiente crisis y asegurar que sigue haciendo su trabajo como canalizador del ahorro y la inversión. No es poca cosa.

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