Vivimos en un mundo en el que la incertidumbre no es la excepción sino la norma. A los conflictos bélicos, las tensiones arancelarias, la volatilidad de la inflación o los efectos del cambio climático, hay que sumar el impacto imparable de tecnología y de la IA, que amenaza con transformar el mundo tal como lo conocemos. Ante todos estos desafíos, ¿cómo debe posicionarse el sector asegurador, que precisamente tiene como propósito la protección frente a riesgos que se materializan?

El informe Insurance Banana Skins 2025, elaborado por PwC y The London Institute of Banking & Finance, que recoge cada dos años la visión de casi 700 directivos de aseguradoras en más de 40 países, hace una radiografía clara: el cibercrimen vuelve a ser el principal riesgo del sector; la IA sube con fuerza al segundo puesto; y la tecnología, en sentido amplio, ocupa el tercero. Los riesgos están cada vez más interconectados y son más difíciles de gestionar con las herramientas tradicionales.

En relación con la ciberseguridad, algo está cambiando. El debate en las empresas aseguradoras ya no es si van a sufrir o no un ciberataque, sino cuándo y con qué impacto. Estas compañías, que custodian datos sensibles, dependen de cadenas de proveedores y de la nube, generan gran apetito entre los ciberdelincuentes. La IA, además, está reduciendo las barreras de entradas para los atacantes y puede amplificar el daño. Frente a esto, la estrategia no puede pasar por la prevención absoluta, que es imposible, sino diseñar un plan de resiliencia que incluya detección temprana, respuesta coordinada, segmentación de sistemas o establezca pruebas de continuidad y control de riesgos en terceros.

La IA, que pasa de ser el séptimo riesgo al segundo, concentra, a la vez, esperanza y preocupación. No usarla puede dejar a las aseguradoras atrás frente a competidores –o ciberdelincuentes– que sí lo hagan. La velocidad de adopción está superando los controles internos en muchas empresas. Los riesgos van desde la toma de decisiones sesgada u opaca hasta la exposición al fraude impulsado por deepfakes. Se necesitan urgentemente marcos claros de gobernanza y trazabilidad, sin olvidarse de la ética. La IA está obligado a las empresas a hacer muchos cambios: adaptarse a una regulación en construcción, atraer talento y responder a clientes que esperan más velocidad, personalización y transparencia. También está tensionando el modelo de negocio: ¿dónde invertir primero, con qué arquitectura y a qué ritmo? La respuesta no puede ser ‘esperar y ver’ sino ‘probar, aprender y escalar’.

Cambio tecnológico

La tercera gran preocupación es el cambio tecnológico en general. A la vez que se suman a la carrera de la IA, muchas aseguradoras siguen atascadas en sistemas antiguos que dificultan integrar nuevas capacidades y lastran la eficiencia y la productividad. Modernizar el núcleo del negocio –no solo el escaparate comercial– es donde los ganadores marcarán distancia de los rezagados.

En este contexto, el entorno económico, el cuarto riesgo, tampoco deja de añadir presión. La inflación, los tipos de interés o el proteccionismo han elevado significativamente la volatilidad.

El cambio climático, el quinto temor de los directivos del seguro, tampoco es un problema de largo plazo. Como hemos podido comprobar con la dana de Valencia o los incendios en verano, los eventos climáticos adversos son más frecuentes, lo que eleva el coste de los siniestros y puede poner a pruebas las costuras del sector. La respuesta no puede ser únicamente actuaria, sino que las empresas en conjunto y el sector público deben actuar ante este riesgo latente.

Mientras tanto, la regulación, sexto riesgo, se mueve en dos planos distintos. Por un lado, el cambio regulatorio –con la IA en el foco– avanza más lento que el mercado. Por otro, la idoneidad de las reglas existentes que, por su complejidad y costes de cumplimiento, requiere más claridad y proporcionalidad.

Se necesita mucho pragmatismo, coordinación transfronteriza y evitar burocracia inútil. En este contexto, cabe destacar que cuando aterrizamos los resultados de la encuesta a la realidad española, si bien el resto de riesgos convergen de forma general, esta amenaza especifica alrededor de la regulación y su respuesta es percibida con mucha mayor severidad por los participantes en España que en el resto de mercado global.

El futuro del seguro no lo decidirá el que logre hacerse con el algoritmo más sofisticado, sino quien tenga un sistema de gobernanza ágil y resiliente, establezca controles efectivos de los riesgos, disponga un buen criterio actuarial y tenga valentía para navegar en la incertidumbre. Parafraseando a Darwin, padre de la teoría de la evolución, las compañías que sobrevivan no serán las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes, sino aquellas que se adapten mejor al cambio.