Hablar de China y sostenibilidad es adentrarse en un territorio donde conviven percepciones extremas, datos incompletos y una disputa permanente por las métricas. Dependiendo de si se mira el mix eléctrico, el mix energético total, la energía final o las emisiones por habitante, la imagen puede cambiar por completo. La opacidad de algunas estadísticas oficiales tampoco facilita el análisis. Por eso conviene aclarar que este artículo no pretende defender las políticas ambientales de China ni su modelo de gobierno, sino aportar algo de rigor en un debate donde a menudo se eligen indicadores según convenga.
La confusión empieza con algo tan sencillo como definir qué fotografía energética estamos observando. Si miramos el mix eléctrico, es decir solo la generación de electricidad, la imagen de 2024 muestra aproximadamente 58% de carbón, 4% de otros combustibles fósiles, 34% de renovables y algo más del 4% de nuclear. Esto significa que más de un tercio de la electricidad china ya es baja en carbono, aunque el carbón sigue siendo la columna vertebral del sistema. Pero si ampliamos la mirada al mix energético total, donde entran el transporte, la industria pesada o la petroquímica, los combustibles fósiles recuperan un peso abrumador y el retrato se ensombrece. No porque los datos sean contradictorios, sino porque cada métrica responde a una pregunta distinta.
Si queremos evaluar si la economía china avanza en la dirección adecuada en materia de descarbonización, propongo evaluar tres indicadores que capturan la transición estructural y son comparables entre países. El primero es la intensidad de carbono (CO₂/PIB). China ha reducido sus emisiones por unidad de PIB alrededor de un 35% entre 2010 y 2024. Es un avance significativo: necesita menos CO₂ para generar riqueza. Sin embargo, continúa muy por encima de las economías desarrolladas. El Net Zero Economy Index de PwC estimaba en 2023 una intensidad de 364 tCO₂e por millón de dólares en China, frente a 98 en la Unión Europea. El desacoplamiento existe, pero su velocidad no es todavía la necesaria para un país que concentra cerca de un tercio de las emisiones mundiales.
El segundo indicador es la intensidad energética (energía/PIB). Según la Agencia Internacional de la Energía, China ha reducido más del 40% su intensidad energética desde el año 2000, gracias a mejoras de eficiencia, electrificación y un cambio progresivo en su estructura económica. Aun así, sigue siendo mucho más intensiva que economías avanzadas: en 2023, la intensidad energética china más que duplicaba la europea. Este indicador importa porque señala el rumbo del modelo productivo: cuanto menos energía necesita una economía para crecer, más sostenible, eficiente y resiliente se vuelve frente a shocks de precios o tensiones geopolíticas.
El tercer indicador es la incorporación de las renovables en el sistema. Uno de los mitos más extendidos sostiene que China «no apuesta realmente por las renovables». Los datos cuentan otra historia. En 2024, China superó su objetivo de 1.200 GW de capacidad solar y eólica fijado para 2030, seis años antes de tiempo. En 2024 añadió más potencia renovable que la Unión Europea y Estados Unidos juntos. Además, es el país con mayor capacidad eólica del mundo, con más del 45% de toda la capacidad global instalada. La electrificación del transporte refuerza esta tendencia. En 2024, según la AIE, casi la mitad de los coches nuevos vendidos en China fueron eléctricos, superando con holgura los objetivos oficiales y reduciendo de forma significativa la demanda de combustibles fósiles en movilidad ligera. Es una transformación de mercado y de infraestructura a un ritmo que ningún otro país iguala.
La evolución de la calidad del aire es otro de los cambios más notables de la última década. Pekín, símbolo global de la polución extrema, ha reducido sus niveles de PM2.5 más de un 40% según series históricas independientes validadas por la OMS. Pese a ello, la mayoría de ciudades chinas siguen quintuplicando o sextuplicando los estándares de la OMS. Es una mejora real, pero aún muy insuficiente para la salud pública.
En el ámbito regulatorio, China ha avanzado más de lo que suele percibirse. En los últimos años han surgido estándares de divulgación ambiental inspirados en ISSB, taxonomías verdes más estrictas y un mercado nacional de emisiones que se expande progresivamente. No es un sistema perfecto: persisten heterogeneidades sectoriales y falta transparencia en algunos segmentos. Pero el marco regulatorio evoluciona y, sobre todo, se aproxima cada vez más a lo que demandan los inversores globales.
La financiación verde acompaña esta dinámica. En 2024, los emisores de Asia-Pacífico captaron más de 260.000 millones de dólares en deuda verde, un crecimiento del 20% respecto al año anterior, con China liderando la expansión gracias al tamaño de su mercado y al empuje regulatorio.
Pero, ¿por qué este impulso reciente hacia la sostenibilidad? No por ideología, sino por estrategia. China importa la mayoría del petróleo y el gas que consume, lo que la hace vulnerable. Sustituir combustibles fósiles importados por electricidad renovable producida internamente reduce riesgos geopolíticos y fortalece la seguridad energética. A ello se suma una oportunidad industrial enorme: paneles solares, turbinas eólicas, baterías, vehículos eléctricos y redes inteligentes son sectores donde China domina con solidez y donde el mercado global está creciendo a doble dígito.
Tampoco hay que olvidar la presión interna, donde la contaminación atmosférica es un problema social y sanitario de primera magnitud, y la modernización industrial exige reducir intensidades energéticas y emisiones.
Todo ello configura el mayor contraste del país: líder global en renovables, electrificación y eficiencia relativa, pero a la vez muy dependiente del carbón, gran consumidor de materiales y con un sistema regulatorio aún imperfecto. Si observamos CO₂/PIB, energía/PIB y electricidad limpia, el mensaje es claro y es que China avanza en la dirección correcta, pero todavía no a la velocidad ni a la escala que exige su peso en la economía mundial y en las emisiones globales, necesitamos un mayor esfuerzo y una menor dependencia del carbón.





