La industria bancaria atraviesa uno de los mejores momentos de los últimos años. La mayoría de los indicadores que describen su situación (rentabilidad, capital, valor en bolsa, liquidez, nivel de eficiencia…) evolucionan de forma muy favorable. Esta radiografía positiva, apenas modulada por los últimos conflictos geopolíticos, alcanza a la mayoría de las entidades financieras internacionales, pero es especialmente visible en el caso de las entidades españolas.
Por citar un solo dato, en los últimos meses los principales bancos españoles han alcanzado una ratio de precio-valor contable de 1,57, algo superior a la de la banca de Estados Unidos, cuando tradicionalmente la diferencia era abrumadora en favor de las entidades norteamericanas.
Sin embargo, cualquiera que escuche las voces de los agentes del sector (ya sean políticos, banqueros o expertos, ya sean supervisores, reguladores u organismos internacionales, ya sea en Washington, en Fráncfort o en Madrid) podrá percibir una sensación de incertidumbre que nubla por completo el horizonte de la industria financiera.
Hablamos, por supuesto, de los riesgos geopolíticos, que en poco tiempo han pasado de ser una nota irrelevante a pie de página a una figura central en la dinámica del sector financiero. La guerra en Irán es el último episodio de una sucesión de acontecimientos de naturaleza esencialmente política que se han encadenado en los últimos años (invasión de Ucrania, Gaza, guerra arancelaria, Venezuela, crisis del multilateralismo internacional…) y que tienen impacto en las entidades financieras, sobre todo a través del potencial deterioro de la calidad crediticia de los sectores más expuestos.
El supervisor europeo ha dejado claro que la gran mayoría de los bancos bajo su jurisdicción son vulnerables ante los riesgos geopolíticos y considera que para hacerles frente deben mantener unos criterios sólidos de aprobación de préstamos y una capitalización adecuada.
El chasco de la simplificación
Hablamos también del proceso de simplificación regulatoria y supervisora en el que están embarcadas las autoridades financieras europeas. En este ámbito cabe resaltar que hay dudas sobre el alcance real de las medidas anunciadas, pero la sensación que predomina en el sector es de chasco y desilusión.
En 2024, el informe Draghi abrió la puerta a una serie de reformas para impulsar la innovación y la competitividad de la economía de la Unión Europea, incluyendo la necesidad de proceder a una desregulación profunda y a una reducción drástica de la carga regulatoria y administrativa.
En el sector financiero, reguladores y supervisores han asumido en teoría parte de ese discurso, pero los resultados concretos son muy pobres. Aun reconociendo algunos avances en el paquete de reformas (como la mejora del reporting, la simplificación de la metodología de las pruebas de resistencia o los cambios en el marco de la titulización), el conjunto queda muy por debajo de las expectativas.
Sobre todo, si se compara con los planes de la Reserva Federal de Estados Unidos, que ha puesto en marcha medidas desreguladoras que se estima reducirán en un 14% los requerimientos de capital CET1. En la UE no solo no hay a la vista una reducción de las exigencias de capital sino que en algunos aspectos es posible entrever la amenaza de un cierto endurecimiento de las reglas.
De hecho, la agenda supervisora sigue siendo muy exigente, sobre todo a través de las inspecciones in situ (OSI, por sus siglas en inglés).
Si pensamos en incertidumbres, es inevitable también referirse a la explosión de la inteligencia artificial (IA), cuyo desarrollo está revolucionando los modelos de gestión en el sector financiero. Su impacto se nota ya en numerosas áreas de la actividad bancaria. Incluso se ha comenzado a explorar la posibilidad de utilizarla para calibrar los modelos internos, lo que podría reducir los requerimientos de capital.
De cualquier manera, la transformación está asociada a múltiples connotaciones positivas, por las grandes posibilidades que ofrece la IA tanto para aumentar los ingresos (mejora de la relación con el cliente potencial o actual, personalización de servicios, mayor eficiencia en la gestión de activos…) como para reducir los gastos (costes optimizados por las ganancias de productividad y las mejoras en los flujos de trabajo, reestructuración de código heredado para adaptarlo a arquitecturas modernas…).
Airbag para la IA
Pero las inmensas posibilidades que abre la IA generan riesgos que hay que gestionar adecuadamente. Podríamos compararla con un coche muy veloz; por sus propias características necesita disponer de medidas de seguridad eficientes que limiten el riesgo de accidente y sus consecuencias (un buen sistema de airbags, frenos ABS, iluminación adecuada, neumáticos fiables, etc.).
Valga la analogía para subrayar la necesidad de establecer sistemas de control potentes y buscar un equilibrio entre los beneficios indudables de la automatización, la gobernanza y el criterio humano, que sigue siendo fundamental en el diseño de la estrategia de las entidades financieras.
Esa coordinación es fundamental para limitar daños y prevenir riesgos vinculados a la IA (el accidente del coche), como posibles fraudes, errores en la gestión, problemas en la rendición de cuentas o complicaciones en la asunción de responsabilidades.
La importancia de la IA para la estabilidad financiera ha llevado a la Autoridad Macroprudencial Consejo de Estabilidad Financiera (Amcesfi) a crear un subcomité específico cuyo objetivo es conocer el grado de penetración de la inteligencia artificial en el sector financiero y analizar sus riesgos, en particular los relacionados con la calidad de los datos y con la dependencia de proveedores externos.
Asimismo, el supervisor europeo ha reclamado a los bancos información sobre sus planes de contingencia en ciberseguridad, ante la potencial amenaza que supone para sus sistemas la aparición de programas de IA altamente sofisticados que detectan vulnerabilidades y las explotan.
Otro vector de inestabilidad latente es la tensión en el mercado de las finanzas privadas (crédito privado, capital privado y otras fórmulas de intermediación no bancaria), que en los últimos meses ha sido golpeado por una serie de incidentes que hacen dudar de su fortaleza.
La elevada exposición de estos operadores a las empresas de software, cuyo modelo de negocio está amenazado por la inteligencia artificial, y la posible existencia de prácticas irregulares en la concesión de créditos han empujado a algunos inversores a reclamar el reembolso de su dinero, con las consiguientes fricciones de liquidez.
Pero no se trata de un problema exclusivo del sector no bancario. Muchos bancos están expuestos al contagio porque financian a las entidades no bancarias y también porque prestan dinero a las empresas financiadas por los fondos de finanzas privadas.
El riesgo parece de momento concentrado en Estados Unidos. En Europa, con un sector de finanzas privadas mucho menos desarrollado, el problema es comparativamente menor, pero por si acaso el supervisor ha pedido a las entidades bancarias que le envíen información sobre su exposición agregada y ha reforzado su vigilancia sobre la gestión del riesgo y los conflictos de conducta.
“No importa quién gane”
Frente a todas estas incertidumbres (que en algún caso se traducen en amenazas, en otros en oportunidades, y que siempre constituyen un reto), el ungüento mágico es la preparación. En ese océano de inseguridades, los bancos tienen que asumir y estar preparados para reaccionar ante cualquier contingencia.
En el caso de los riesgos geopolíticos, cabe recordar la frase que pronunció Larry Fink, CEO de BlackRock, la gestora de fondos más importante del mundo, en octubre de 2024, justo antes de las elecciones a la presidencia de Estados Unidos: “No importa quién gane, lo importante es estar preparados para lo que venga y trabajar con el que gane”.
Ese es también el espíritu que subyace en la posición del supervisor europeo, que en los últimos meses ha reiterado la importancia de que las entidades bancarias estén preparadas para cualquier evento geopolítico adverso.
Para saber cuál es el estado de la cuestión, el Mecanismo Único de Supervisión (MUS) ha realizado en el primer semestre de 2026 un test de estrés temático, cuyos resultados se conocerán próximamente. El objetivo de la prueba, además de identificar a las entidades más vulnerables, es que todos los bancos se conciencien de la necesidad de tomar medidas para integrar plenamente el riesgo geopolítico en la gestión de su negocio.
Ello exigirá cambios en el marco de apetito al riesgo, en el análisis de las exposiciones por países y por sectores, en los escenarios internos y en las provisiones (con una mayor concreción en los ajustes postmodelo, o overlays), entre otras medidas.
El paquete de simplificación en marcha tiene también aristas que las entidades de crédito deben estar preparadas para gestionar. Además de monitorizar el proceso de reformas (la Comisión Europea tiene previsto aprobar este verano un informe de competitividad que previsiblemente será el paso previo para la negociación de medidas regulatorias con el Parlamento y el Consejo), los bancos necesitan hacer frente a una serie de exigencias en materia de supervisión y resolución que contrarrestan los posibles beneficios de la simplificación.
La presión de las inspecciones in situ (ahora centradas en tecnología y ciberseguridad, pero también en la inversión crediticia) es constante, y a lo largo de 2026 está prevista una revisión temática de amplio alcance centrada en el análisis de los estándares de concesión de préstamos en las principales carteras.
Tampoco cede la presión en materia de resolución. Los criterios de aplicación del Mecanismo Único de Resolución (MUR) son cada vez más severos e intrusivos y exigen de las entidades mayores esfuerzos y recursos.
Café para todos
Los bancos europeos deben estar también preparados para la efectiva operatividad de la Autoridad Europea de Lucha contra el Blanqueo de Capitales y la Financiación del Terrorismo (AMLA, en inglés), que son palabras mayores.
La AMLA, que empezó a funcionar en julio de 2025 y estará en pleno rendimiento en 2027, llega como una solución para armonizar el hasta ahora dispar marco normativo (café para todos), pero también tiene potestad para imponer sanciones más duras a los grupos financieros transfronterizos que supervise directamente y establecer un sistema de gobernanza más exigente que amplía la responsabilidad de los directivos.
Asimismo, la nueva autoridad europea cooperará con el MUS para analizar las deficiencias en materia de prevención, lo cual en última instancia puede llevar a mayores requerimientos de capital.
En síntesis, la radiografía del sector bancario indica que sus cimientos son sólidos. Esa solidez es motivo para la satisfacción, pero no para la pasividad ni para la complacencia.
Los riesgos que afrontan las entidades (geopolíticos, tecnológicos, de competencia, regulatorios y de supervisión) son de una complejidad extraordinaria e indican que la metamorfosis que se está produciendo en el sector es profunda y estructural.
Frente a ello, los bancos están obligados a realizar un esfuerzo para reinventarse. Una vez más.