Cada vez que utilizamos un buscador como Google, que navegamos por una página web, que compramos un producto en Internet o que descargamos una aplicación, estamos ofreciendo una serie de datos de carácter personal a las compañías que prestan sus servicios y productos. Todos estos datos se recogen a través de una combinación más o menos sofisticada, y a veces encubierta, de herramientas de tracking como las cookies o los e-tags.

Sin embargo, aun cuando la recopilación de datos es transparente, solemos estar muy ansiosos y prestamos poca atención a lo relacionado con los datos de carácter personal con el fin de reducir el tiempo de navegación dedicado a dicha tarea. El resultado es que una gran cantidad de datos queda en poder de las compañías, gracias especialmente a la rápida transmisión de la información que hoy permiten las tecnologías móviles y la nube.

Dos terceras partes de los consejeros delegados encuestados en relación a este tema, dicen que, este último año, han recogido más datos de sus clientes que el año anterior. La razón principal de este incremento la atribuyen a la sofisticación que les ofrecen las nuevas tecnologías, capaces de rastrear patrones de transacciones, de comportamiento y de consumo. Tampoco es de extrañar, la aparición de una nueva industria del big data, que ofrece y paquetiza gran cantidad de datos de consumidores para que las empresas sean capaces de monetizar toda esta información.

Los datos recogidos por las empresas son de todo tipo y tamaños. En primer lugar, tenemos los datos que se basan ​​en transacciones y que son registrados por los sistemas (por ejemplo, punto de venta). Y en segundo lugar, encontramos los datos obtenidos a través de sensores (en otras palabras, los datos recogidos por las máquinas) o mediante los propios consumidores de productos y servicios, que hacen cosas que les gustan en su tiempo libre (por ejemplo, relojes Fitbit para corredores) o interactúan con las empresas en las redes sociales.

La mayoría de los CEOs asegura que sus empresas recogen datos de carácter personal en el punto en el que se produce la transacción (75%) o a través de terceros (62%). Sin embargo, solo el 55% afirma recoger datos a través de la «escucha activa» en redes sociales. De los que lo hacen, todavía sólo el 13% cuenta con los sistemas establecidos para llevar a cabo una monitorización continua de las redes sociales.

En este contexto, las organizaciones deben afrontar cuatro grandes retos en relación con el Big Data:

Volumen de datos. Existe una cantidad brutal de datos siendo recolectados. Las compañías tienen el reto de delimitar qué datos son prioritarios y cuál es el mejor momento para recogerlos y organizarlos. Hay que recordar que una mayor cantidad de datos no implica necesariamente la obtención de más información de valor.

Ruido vs información. Extraer la información relevante del total de datos recogidos puede compararse con buscar una aguja en un pajar. El segundo gran reto de las compañías es cómo distinguir el ruido de la información de valor.

Diferentes tipos de datos (estructurados y no estructurados). El tercer reto tiene que ver con cómo las empresas pueden dar sentido, por ejemplo, a los datos estructurados procedentes de transacciones y a los destructurados procedentes de medios sociales relacionados con un mismo cliente y convertirlos en información coherente.

Datos imperfectos. Naturalmente, los errores en la calidad de los datos son inevitables. Las empresas deben lograr la fórmula para detectar los errores y mejorar la calidad de sus datos tanto los generados por los sistemas, los sensores y las personas.

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