En PwC hemos realizado un análisis sobre cómo la creación de corredores de valor en Asia-Pacífico podría impactar en el futuro de la economía de la región. El estudio parte de una idea clara: el mundo económico está cambiando de forma profunda y acelerada. Las reglas que han guiado el comercio global durante décadas -basadas en cadenas de suministro estables, mercados abiertos y cierta cooperación multilateral- están siendo sustituidas por un entorno más fragmentado, incierto y competitivo. En este contexto, las empresas y los países necesitan nuevas formas de organizar la creación de valor si quieren crecer y ser resilientes a la vez.
Aquí es donde entra el concepto de “corredores de valor”. PwC los define como ecosistemas transfronterizos que conectan distintos sectores, países y activos —desde materias primas y tecnología hasta infraestructuras, financiación y regulación— para generar nuevas oportunidades económicas. Se trata, en esencia, de crear redes coordinadas que permitan a los actores implicados capturar valor de forma conjunta, en lugar de competir de manera aislada.
El informe identifica Asia-Pacífico como el terreno más relevante para este tipo de iniciativas. La región reúne ingredientes únicos: grandes reservas de recursos naturales, una potente base industrial, importantes pools de capital y una demanda en fuerte crecimiento. Sin embargo, estos activos están hoy fragmentados por barreras regulatorias, déficits de infraestructuras y tensiones geopolíticas que limitan su potencial conjunto.
Los corredores de valor surgen precisamente como la solución para superar estas limitaciones. Al conectar países y sectores en torno a objetivos comunes, permiten reducir fricciones, mejorar la eficiencia y desbloquear nuevas fuentes de crecimiento. En términos más amplios, funcionan como una especie de “infraestructura invisible” que organiza la actividad económica regional.
Tres grandes corredores de valor
PwC identifica tres grandes corredores de valor con especial potencial en Asia-Pacífico. El primero conecta minerales, tecnología y movilidad, es decir, toda la cadena que va desde la extracción de recursos críticos hasta su utilización en industrias avanzadas. El segundo gira en torno a la energía limpia, clave en la transición hacia economías descarbonizadas. Y el tercero se centra en salud y los cuidados, un ámbito impulsado por el envejecimiento de la población y la creciente demanda de servicios sanitarios.
Según el análisis, estos tres corredores podrían generar conjuntamente más de 11 billones de dólares en valor añadido bruto para 2035, una cifra que ilustra la magnitud de la oportunidad. Pero este potencial no se materializará automáticamente: requiere acciones decididas tanto de las empresas como de los gobiernos.
Minerales, tecnología y movilidad
El corredor de minerales, tecnología y movilidad transforma las cadenas de suministro lineales en ecosistemas transfronterizos estrechamente coordinados que conectan los recursos naturales de Asia-Pacífico con sus capacidades de procesamiento y fabricación. Abarca desde la extracción de minerales hasta la transformación de esos materiales en tecnologías avanzadas y productos industriales, y alimenta la frontera de la tecnología y la movilidad en ámbitos como los vehículos eléctricos, la inteligencia artificial y los centros de datos.
Lo que distingue a este sistema no es solo su alcance, sino también la forma en que se organiza. A diferencia de las cadenas de suministro bilaterales tradicionales, múltiples actores operan dentro de una arquitectura comercial compartida, con funciones entrelazadas que los vinculan financiera y operativamente. Las compañías mineras, los procesadores, los fabricantes, los socios tecnológicos y los financiadores ya no están conectados únicamente mediante transacciones, sino a través de participaciones accionariales, estructuras de coinversión, contratos de tipo alianza y financiación a nivel de consorcio.
Pero precisamente las características que hacen poderoso a este corredor también lo vuelven frágil. El valor y el poder de negociación se están concentrando en un pequeño número de nodos de procesamiento y fabricación avanzada, muchos de los cuales quedan fuera del alcance de las empresas individuales. China continental, por ejemplo, procesa entre el 60% y el 70% del litio mundial y el 90% de las tierras raras.
Las implicaciones son sistémicas y globales. Las disrupciones en las fases de procesamiento o fabricación se extienden por toda la cadena de valor, amplificando los impactos aguas arriba y aguas abajo. Incluso perturbaciones relativamente pequeñas pueden tener consecuencias desproporcionadas. En Estados Unidos, por ejemplo, el Servicio Geológico de Estados Unidos concluyó que una interrupción del 30% en el suministro de galio podría costar al país 600.000 millones de dólares en pérdida de producción, equivalente al 2% del PIB.
Para las empresas situadas en cualquier punto de la cadena de valor, la exposición va mucho más allá de las partes del sistema que controlan, y a menudo revela un valor significativo de recursos en riesgo asociado a cuellos de botella en otras partes del corredor.
Corredor de energía limpia
El corredor de energía limpia parte de una pregunta sencilla pero poco explorada: ¿pueden los recursos renovables y los pools de capital de Asia-Pacífico, integrados en un sistema conectado, conectar los lugares capaces de generar energía limpia de bajo coste con las ciudades e industrias que la necesitan? Dado que el mayor potencial renovable de la región y sus principales focos de demanda rara vez coinciden, el corredor busca cerrar esa brecha mediante inversión coordinada, mercados de carbono y, con el tiempo, transmisión transfronteriza que podría permitir que la energía fluya entre países a gran escala.
Pero el cambio más inmediato del corredor puede ser aún más disruptivo. Si la energía todavía no puede moverse fácilmente, ¿no podrían trasladarse las industrias allá donde está la energía? Al fin y al cabo, la energía geotérmica barata convirtió a Islandia en un refinador global de aluminio pese a no contar con bauxita. Por extensión, el acero verde en Australia Occidental, el combustible sostenible de aviación vinculado a la eólica marina japonesa y el refinado de aluminio con energía geotérmica en Indonesia se convertirían en configuraciones económicamente viables dentro de un corredor de energía limpia.
Sin embargo, aquello que hace poderoso a este sistema también dificulta su materialización. La transición energética está cada vez más condicionada por restricciones integradas en los sistemas de asignación de capital y de elaboración de normas, que determinan qué proyectos se construyen y cuáles no. En Asia-Pacífico, los mayores pools de capital paciente —incluidos los grandes fondos de pensiones japoneses y surcoreanos, el sistema australiano de fondos de jubilación y los fondos soberanos de Singapur— actúan como guardianes, condicionando tanto el ritmo como la dirección de la transición. Al mismo tiempo, las taxonomías, los estándares de contabilidad de carbono y los marcos de compraventa de créditos definen qué se considera “verde” y, por tanto, qué puede financiarse a escala.
Corredor de salud
El corredor de salud se basa en un tipo distinto de flujo, en el que los datos, los incentivos y el acceso a la atención sanitaria se mueven entre países. En Asia-Pacífico, millones de personas ya viven, trabajan, se jubilan y buscan tratamientos en distintos países. Sin embargo, su cobertura sanitaria no viaja con ellas.
El resultado es una brecha creciente de portabilidad entre poblaciones móviles y sistemas sanitarios inmóviles. Este corredor busca cerrar este gap fomentando el paso de sistemas delimitados por fronteras nacionales a redes transfronterizas, y de una atención reactiva a una asistencia continúa basada en resultados.
¿Cómo podría producirse este cambio? Un paralelismo improbable pero ilustrativo es el modelo de alianzas entre aerolíneas. Ninguna compañía podía volar a todas partes, pero los viajeros necesitaban trayectos globales fluidos. La solución fue la cooperación estructurada: códigos compartidos, salas VIP compartidas, programas de fidelización recíprocos y coordinación de horarios. Empresas independientes ofrecían una experiencia unificada.
Por supuesto, la atención sanitaria plantea sus propios retos. Los sistemas sanitarios de Asia-Pacífico están diseñados para poblaciones nacionales, con marcos regulatorios que rara vez se extienden más allá de las fronteras. Replicar un modelo de seguro sanitario portable al estilo de la UE requeriría legislación basada en tratados y mecanismos de aplicación supranacionales de los que Asia-Pacífico carece.
Además, las limitaciones de talento complican el panorama. Los países que más cuidados necesitan, como Japón y Corea del Sur, no son necesariamente los mejor posicionados para proporcionarlos, y los regímenes rígidos de licencias profesionales consolidan ese desajuste. ASEAN ha introducido marcos de reconocimiento mutuo para profesionales médicos, pero siguen siendo orientativos y excluyen a grandes economías como Australia, China continental, Japón y Corea del Sur. La presión no deja de aumentar: la OMS proyecta un déficit mundial de 11 millones de trabajadores sanitarios para 2030.





