El pasado viernes, 27 de febrero, se desencadenaron nuevas hostilidades en Oriente Próximo, enfrentando directamente a Estados Unidos, Israel e Irán en una escalada de tensión que ha captado la atención internacional y cuyo alcance es todavía difícil de predecir.

Desde entonces, los acontecimientos han evolucionado rápidamente, con respuestas militares y diplomáticas que han generado una gran incertidumbre sobre la estabilidad en la región y sus posibles repercusiones a nivel global.

Con este escenario encima de la mesa, las preguntas se acumulan y los análisis sobre cómo la situación puede afectar a la economía mundial, en general, y al sector de energía, en particular, son más que pertinentes.

  • ¿Cómo podría una prolongación del conflicto afectar directamente a los costes de la energía, especialmente al petróleo, gas y electricidad?
  • ¿De qué manera se verían impactados los precios de los productos que importamos, como los vinculados a la industria automovilística y a otros sectores, debido a la escalada del conflicto?
  • ¿Qué repercusiones tendrá en los costes reales de las empresas la situación de guerra y las fluctuaciones en el mercado energético?
  • ¿Cómo podrían intensificarse las tensiones en la cadena de suministro si el conflicto se prolonga?
  • ¿Qué cuestiones estratégicas surgen en relación con la soberanía energética y el avance de la transición hacia un modelo más sostenible en este nuevo escenario de crisis?
  • ¿Cuáles son los principales desafíos y oportunidades que afronta Europa ante esta nueva crisis?

En primer lugar, el impacto de la guerra de Irán sobre la economía europea estará determinado principalmente por la intensidad y la duración del conflicto. Aunque ya se ha producido un shock real sobre los precios del petróleo y del gas, las consecuencias económicas reales dependerán de si el cierre y las interrupciones en el suministro persisten durante semanas o meses. Solo en ese caso el efecto será más profundo y prolongado, afectando tanto al coste de la energía como a la estabilidad de los mercados y a la cadena de suministro de productos esenciales.

Por el estrecho de Ormuz transita cerca del 20% del petróleo y del gas natural que se comercializa a nivel mundial. Aunque Europa no es el principal destino de estos recursos —el mayor receptor es Asia—, la naturaleza global de los mercados energéticos hace que cualquier inestabilidad en la zona repercuta de manera inmediata en todos los mercados, afectando tanto a precios como a la disponibilidad.

Asimismo, este estrecho representa una vía clave para el comercio marítimo entre Asia y Europa. Ante la actual situación, los principales operadores logísticos están modificando sus rutas para evitar el paso por Ormuz, lo que implica trayectos más largos, mayores retrasos y un incremento de los costes logísticos. Este aumento no solo se debe a la mayor distancia recorrida, sino también al encarecimiento de los combustibles provocado por la volatilidad del mercado.

En resumen, Europa se puede ver afectada tanto por el aumento directo de los costes energéticos como por el encarecimiento de otros productos importados desde Asia, entre los que se encuentran equipos para la industria energética, automóviles y otros bienes esenciales.

El traslado del impacto en los precios del gas y la electricidad no se reflejará de manera inmediata, ya que el aumento en las tarifas spot suele tardar en trasladarse a los costes reales que afrontan empresas y hogares. Esto se debe a que una parte relevante del consumo energético está asegurada mediante contratos a largo plazo. Además, actualmente nos encontramos en meses de menor demanda de electricidad y gas, consecuencia de unas temperaturas suaves y de una elevada aportación de fuentes renovables. Sin embargo, el efecto será mucho más rápido en los mercados relacionados con el petróleo, donde la volatilidad se traslada al precio de forma casi instantánea.

Por otro lado, las tensiones en la cadena de suministro podrían intensificarse si el cierre del estrecho se prolonga. No obstante, una vez adaptadas las rutas alternativas, es probable que los efectos se centren más en el incremento de precios que en una escasez efectiva de suministros.

El conflicto en Irán representa un nuevo desafío en un escenario geopolítico cada vez más volátil e incierto, donde la soberanía energética vuelve a cobrar protagonismo como pilar esencial para la autonomía estratégica de Europa. La fuerte dependencia de fuentes fósiles externas —especialmente relevante en el caso europeo, a diferencia de Estados Unidos, que lidera la producción mundial de petróleo y gas— nos sitúa en una posición de elevada vulnerabilidad frente a las crisis internacionales. Por ello, se refuerza la necesidad de que Europa apueste decididamente por el desarrollo de recursos energéticos propios, como la energía solar, eólica, biomasa y, de manera complementaria, la energía nuclear. A medida que logremos avanzar hacia una menor dependencia exterior, nuestra resiliencia y competitividad se verán fortalecidas; en definitiva, no podremos ser competitivos si basamos nuestro futuro en recursos de los que carecemos.

De igual manera, la dependencia en la cadena de valor de minerales, equipos y tecnologías vinculados a la transición energética representa una forma adicional de vulnerabilidad. Este problema no solo se manifiesta en el riesgo de suministro, como podría ocurrir ante situaciones como el cierre del estrecho de Ormuz, sino también en el riesgo estratégico derivado de la escasez de capacidades europeas para innovar y fabricar dichos componentes. La falta de autonomía en estos ámbitos pone en peligro el avance y la competitividad de Europa en el proceso de transformación energética.

De la actual crisis provocada por la guerra en Irán se desprenden tres principales conclusiones para la estrategia energética europea:

  • En primer lugar, resulta fundamental contar con una estrategia de suministro energético diversificada y robusta, tanto en lo que respecta a las fuentes de energía como a las infraestructuras asociadas. El caso de España es ilustrativo: gracias a su variedad de fuentes y puntos de entrada de gas natural y GNL, puede afrontar este tipo de crisis con mayor seguridad, como se evidenció durante la invasión de Ucrania y la reciente situación en Irán.
  • Además, es imprescindible acelerar el desarrollo de energías renovables para reforzar la autonomía energética. Esta es la única vía posible para garantizar una Europa soberana y, en el futuro, una industria competitiva que no dependa de las fluctuaciones de los mercados energéticos internacionales.
  • Por último, se hace necesario reconfigurar las cadenas de suministro, asegurando que Europa disponga de capacidades productivas en sectores esenciales y de cadenas logísticas más resilientes, con menor dependencia tecnológica de terceros, especialmente de Asia.

Estos tres grandes aprendizajes se hicieron evidentes durante la pandemia del COVID-19, se reforzaron tras la guerra de Ucrania y vuelven a cobrar relevancia en el actual escenario geopolítico marcado por el estallido del conflicto en Irán.

En un mundo donde la energía continúa desempeñando un papel decisivo en la configuración del orden internacional, Europa necesita definir su posición. Estados Unidos, por su parte, está consolidando su liderazgo global, aumentando su presencia en los mercados internacionales de petróleo y gas tanto por su capacidad productiva como por la influencia que ejerce sobre sus aliados en Oriente Próximo. Mientras tanto, China se está consolidando como la gran potencia en la gestión de materias primas y el desarrollo tecnológico ligado a la transición energética, a la vez que disminuye su dependencia energética.

Europa, por el contrario, se encuentra en una posición intermedia: sin recursos fósiles propios y cada vez más rezagada en el avance tecnológico. En este momento crucial, Europa debería recuperar el histórico eslogan francés de la crisis petrolera de los años 70, que surgió como respuesta a la carencia de recursos naturales y promovió sectores como el aeroespacial, automovilístico, turístico y la energía nuclear (y actualmente también las renovables): “En Francia no tenemos petróleo, pero tenemos ideas”.