La degradación de la naturaleza sin control podría destruir billones de dólares en valor económico. En consecuencia, tus inversiones financieras, probablemente, estén más expuestas de lo que parece. Esto se debe a que hasta ahora pocas entidades financieras han incorporado la pérdida de la biodiversidad o el deterioro de los ecosistemas en sus evaluaciones de riesgos y en sus decisiones de inversión. Aunque los responsables de hacerlo reconocen cada vez más la importancia de estos factores, rara vez se reflejan como partidas específicas en los modelos de crédito o de gestión de riesgos.

Un nuevo modelo desarrollado por PwC sugiere que, en los próximos 15 años, la degradación acelerada de la naturaleza podría reducir entre un 12% y un 17% el PIB, entre un 11% y un 14% la inversión exterior, y entre un 12% y un 18% el valor de los mercados bursátiles. Estamos hablando de alrededor de 11 billones de dólares, según nuestro análisis de las economías de Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Singapur. De los 20 sectores analizados en cada país, al menos 4 tienen más del 9% de su actividad económica en riesgo debido a la degradación de un único servicio ecosistémico. Un análisis similar aplicado a carteras de inversión identifica dónde se concentran los riesgos, en qué casos las condiciones pueden estar mal valoradas y qué medidas pueden tomar los clientes para reducir su exposición.

Los riesgos relacionados con la naturaleza llegan a las entidades financieras de un modo muy similar al de otros riesgos, es decir a través de la alteración de la rentabilidad empresarial y de la actividad económica. Cuando, por ejemplo, los bosques, humedales, praderas y ríos pierden la capacidad de suministrar agua dulce, sostener los cultivos, proteger frente a inundaciones o filtrar el aire, las empresas afrontan mayores costes de las materias primas, interrupciones de la producción o daños en los activos. En consecuencia, los beneficios empresariales disminuyen, el riesgo de impago aumenta y el valor de las garantías se reduce. A continuación, se produce una reasignación de los precios de los activos. La presión sobre la asunción de riesgos se intensifica a medida que se acumulan las pérdidas aseguradas, una dinámica que afecta a la capacidad de atraer financiación a largo plazo, cuando determinados activos dejan de ser asegurables. Al mismo tiempo, surgen nuevos riesgos cuando las empresas reubican su actividad y ajustan sus modelos de negocio. Allí donde las exposiciones se concentran, pueden aparecer tensiones de liquidez y de refinanciación.

Las entidades con una visión de futuro pueden responder incorporando el riesgo asociado a la naturaleza en la forma en que miden y gestionan el riesgo de crédito y el riesgo de suscripción (underwritting risk).  Muchas también ven en estos riesgos un motivo para adaptar sus modelos de negocio y forjar nuevas alianzas intersectoriales. A fin de cuentas, el aumento del riesgo ligado a la naturaleza implica que los clientes buscarán capital para financiar cambios estratégicos y operativos, así como nuevas fórmulas especializadas de capital riesgo. Se trata de otro ejemplo de cómo el sector financiero puede innovar y crear valor en un contexto en el que las pérdidas en la naturaleza y otras grandes tendencias ponen el valor en movimiento.

La buena noticia es que el sector financiero ya cuenta con marcos y procesos contrastados para identificar riesgos materiales y realizar pruebas de estrés sobre sus carteras. Este análisis se apoya en ese enfoque y lo amplía a la naturaleza, lo que hace posible medir y gestionar el valor en riesgo asociado a la naturaleza (NVAR) a nivel de país y de sector.

Impacto en economías, sectores y cadenas de valor

Para gestionar los riesgos asociados a la naturaleza, las entidades financieras deben identificar primero dónde se localizan dentro de sus carteras. El análisis de PwC revela patrones sectoriales que resultan intuitivos, aunque preocupantes. Las amenazas a la disponibilidad y calidad de las aguas subterráneas y superficiales destacan de forma significativa en los perfiles de valor en riesgo asociado a la naturaleza (NVAR) de los sectores industrial y de comercio mayorista y minorista. El deterioro de la calidad y estabilidad del suelo se traduce en procesos de erosión y deslizamientos que afectan a la construcción, al sector inmobiliario y a la agricultura. La pérdida de humedales, manglares y otros amortiguadores naturales frente a inundaciones y tormentas provoca daños más graves y frecuentes en edificios e infraestructuras. El deterioro de la calidad del aire, agravado por el humo de los incendios forestales, reduce la productividad laboral en los servicios y el transporte. Las plagas y los patógenos disminuyen los rendimientos en la agricultura y la silvicultura.

Además del análisis por sectores, las entidades financieras necesitan comprender dónde surgen los riesgos a lo largo de las operaciones y cadenas de valor de las empresas a las que financian y aseguran. Esta necesidad responde a que la distribución de los riesgos varía de forma significativa entre países, como muestra nuestro análisis de varias economías a partir de datos de 2023:

  • Singapur, por ejemplo, presenta una elevada exposición a perturbaciones transmitidas a través del comercio. La fuerte dependencia de las importaciones procedentes de regiones de Asia, donde la degradación de la naturaleza es especialmente acusada, en particular China, supone un riesgo para sectores nacionales como la industria y el comercio mayorista y minorista. De hecho, es la única economía analizada en la que el valor en riesgo asociado a actividades de la cadena de suministro internacional (55%) supera al derivado de la actividad empresarial doméstica (45%).
  • Nueva Zelanda ofrece un ejemplo de cómo las dependencias macroeconómicas se trasladan al riesgo de mercado a nivel empresarial. Aproximadamente el 16% del valor de mercado cotizado se encuentra en riesgo, en gran medida por amenazas relacionadas con la regulación de los flujos de agua. Este valor en riesgo se concentra en las empresas de construcción y del sector inmobiliario. Las compañías constructoras representan la mayor proporción, con un 30% del PIB del sector en riesgo debido a la menor capacidad de la naturaleza para regular la escorrentía de las precipitaciones. Las empresas inmobiliarias también afrontan riesgos vinculados a la regulación del flujo de agua como consecuencia del deterioro de la retención del suelo y los sedimentos.
  • Canadá presenta un perfil con cerca de 259.000 millones de dólares en riesgo, en torno al 11% de su PIB. Una parte significativa corresponde al comercio mayorista y minorista y a la industria manufacturera, con 56.000 millones de dólares en riesgo en cada uno de estos sectores, donde la pérdida de ecosistemas incrementa la exposición a daños provocados por tormentas e inundaciones. La proporción de PIB en riesgo resulta mayor en la pesca (26%) y la silvicultura (25%), ya que la degradación de los ecosistemas reduce la protección frente a inundaciones y tormentas e intensifica los impactos crónicos de plagas y patógenos. Estos sectores también muestran una elevada exposición a los cambios en los patrones de precipitación y a los efectos del cambio climático global.
  • Australia muestra un perfil dominado por riesgos vinculados al agua y al suelo, con la agricultura y la minería como sectores más expuestos. Las inundaciones, los deslizamientos de tierra y las alteraciones en la calidad del aire asociadas a los incendios forestales afectan tanto a las infraestructuras como a la productividad en estas actividades. El sector minero concentra el mayor valor en riesgo del país. Aunque representa el 15% del PIB nacional, el 22% del valor de su actividad se encuentra en riesgo.
  • España. En conjunto, estos resultados reflejan una alta sensibilidad a la degradación de los ecosistemas, especialmente en lo relativo a la disponibilidad y calidad del agua y del suelo, que actúan como factores clave de resiliencia para estas actividades.

Cómo gestionar el valor en riesgo asociado a la naturaleza

El riesgo vinculado a la naturaleza puede gestionarse si se mide correctamente a nivel de cartera y se incorpora en la toma de decisiones. La combinación de estimaciones del valor del PIB en riesgo por sector con los vínculos de las cadenas de suministro permite a las entidades financieras pasar de escenarios macroeconómicos a impactos concretos en sus carteras. Este enfoque facilita la gestión del riesgo asociado a la naturaleza en préstamos individuales y en otros productos financieros. A continuación, se describen algunos pasos clave que ya están ayudando a distintas entidades a integrar este riesgo en su análisis:

  • Identificar los principales focos de riesgo. Las entidades financieras pueden detectar dónde se concentran los mayores riesgos en sus carteras al reemplazar los pesos sectoriales del PIB empleados en el NVAR por sus propias exposiciones reales, segmentadas por sector y geografía. En el caso de Canadá, por ejemplo, el análisis identifica focos de riesgo en 11 sectores y 11 países que abastecen a empresas canadienses. Cuando un gran fondo de pensiones canadiense aplicó este enfoque a varias posibles adquisiciones, pudo identificar qué organizaciones concentraban mayor riesgo relacionado con la naturaleza, así como las causas y la ubicación de ese riesgo. Esto permitió un diálogo más eficaz para entender qué medidas de mitigación estaban ya en marcha.
  • Integrar el riesgo en las pruebas de resistencia. Incorporar el NVAR en las pruebas de resistencia ayuda a diferenciar entre impactos graduales, como la pérdida de productividad del suelo, y eventos puntuales, como brotes de plagas o contaminación del agua, además de tener en cuenta cómo el riesgo se transmite a través de la cadena de suministro. Este enfoque permite modelizar escenarios severos pero plausibles, con impactos equivalentes a eventos que se producen cada 20 o 100 años. Los resultados pueden integrarse en modelos de riesgo de crédito y planificación de capital, o utilizarse para evaluar adquisiciones. En el caso de las aseguradoras, esta información resulta útil para ajustar los modelos de riesgo de catástrofes naturales.
  • Analizar riesgos directos y de la cadena de suministro. Identificar cómo la degradación de los ecosistemas en regiones proveedoras puede afectar a los ingresos y operaciones de los clientes permite fijar mejor el precio del crédito. Para entidades con presencia global, el primer paso consiste en priorizar las empresas o ubicaciones con mayor dependencia de la naturaleza y determinar qué ecosistemas resultan más relevantes para su salud financiera. Normalmente, este ejercicio se centra en las cadenas de valor, proveedores, activos y operaciones más críticos.
  • Interactuar con los clientes y diferenciar la propuesta financiera. Cuando el riesgo se concentra en determinados sectores o geografías, las entidades pueden reequilibrar sus carteras. En nuevos préstamos y productos financieros, pueden aplicar precios ajustados al riesgo, cláusulas contractuales y mecanismos vinculados a la sostenibilidad para compensar ese riesgo e incentivar medidas de mitigación. También pueden priorizar el diálogo con clientes en ámbitos como la gestión del agua y de los ecosistemas, los planes de biodiversidad y las estrategias de adaptación. En el caso de los bancos, resulta clave comprender cómo la evolución del mercado asegurador afecta a la calidad y cobertura de las garantías, ya que los activos que dejan de ser asegurables suelen perder también su atractivo financiero.
  • Aprovechar las oportunidades que ofrece la resiliencia. La resiliencia también genera oportunidades de inversión. La restauración de ecosistemas que protegen frente a inundaciones y tormentas, como humedales, manglares o arrecifes, reduce la exposición al riesgo físico de activos financiados y asegurados. Las soluciones de financiación basadas en la naturaleza y los instrumentos vinculados a la sostenibilidad ayudan a alinear el comportamiento de los prestatarios con la reducción del riesgo. Ya existen entidades que están desarrollando nuevas líneas de negocio a través de la financiación de la adaptación. Estas inversiones, junto con estructuras de financiación combinada, permiten vincular la mejora de la salud de los ecosistemas con un mejor perfil crediticio.

En definitiva, la pérdida de naturaleza ya influye de forma directa en el riesgo financiero. Al adaptar técnicas consolidadas de pruebas de resistencia a las realidades ecológicas y sustituir indicadores macroeconómicos por exposiciones propias, las entidades financieras pueden identificar concentraciones de riesgo que hasta ahora pasaban desapercibidas, fijar precios con mayor precisión y orientar el capital hacia la resiliencia antes de que se materialicen las pérdidas.