La inteligencia artificial (IA) está cambiando la forma de trabajar de las empresas. Se dice que la IA no es el futuro de las empresas, sino que es el presente que define quién llegará al futuro. Por esta razón, desde PwC hemos lanzado ‘El Sensor de la IA‘, una recopilación quincenal de las principales tendencias, proyectos, iniciativas que tienen reflejo en los medios de comunicación, con el objetivo de ayudar a las empresas a orientarse en este campo tan abierto y cambiante. Partimos de la idea de que la inteligencia artificial no sustituye a las empresas, sino que las impulsa a reinventarse. Estamos ante la mayor transformación empresarial de nuestra era y pretendemos ayudar a conocer lo que está pasando para que se puedan tomar decisiones con criterio.
En esta edición de El Sensor de la IA analizamos las consecuencias que puede tener algo tan habitual como hablar con una IA, un gesto que puede no ser tan privado como parece. Un estudio de IMDEA Networks y la Universidad Carlos III detecta que varios chatbots envían información de las conversaciones a terceros. El análisis, realizado sobre nueve asistentes, incluye ChatGPT, Gemini, Claude, Grok y Perplexity. Entre los datos expuestos aparecen títulos de chats, preguntas, documentos e incluso capturas de pantalla. En algunos casos, la información puede asociarse a usuarios y contribuir a crear perfiles de comportamiento. Los hallazgos, aceptados en una de las principales conferencias sobre privacidad, ya han llegado al ámbito regulatorio español y europeo.
- ChatGPT, Gemini, Claude y Grok podrían transmitir a rastreadores publicitarios datos de las conversaciones
- Los gigantes de la IA firman un acuerdo de autorregulación
- OpenAI cancela el lanzamiento de su modelo más avanzado porque engañaba a los usuarios
- Peter Thiel apuesta 220 millones por la IA que sustituye las cercas del ganado y analiza cómo están las vacas
- La IA y el periodismo, una relación más estrecha, pero muy sujeta al control de los profesionales
ChatGPT, Gemini, Claude y Grok podrían transmitir a rastreadores publicitarios datos de las conversaciones
Los asistentes de inteligencia artificial están heredando uno de los problemas más controvertidos de internet: el rastreo de los usuarios con fines de analítica y publicidad. Un estudio de investigadores del Instituto IMDEA Networks y la Universidad Carlos III de Madrid concluye que algunos de los principales chatbots transmiten a redes publicitarias y plataformas de terceros información procedente de las conversaciones. Los resultados, adelantados por elDiario.es y aceptados en PETS (Privacy Enhancing Technologies Symposium), una de las principales conferencias sobre privacidad, cuestionan la percepción de que conversar con una IA constituye un intercambio esencialmente privado.
La investigación analizó las versiones web y móviles de nueve asistentes: ChatGPT, Gemini, Claude, Grok, Perplexity, Mistral, DeepSeek, Copilot y Meta AI. Los investigadores realizaron conversaciones sobre cuestiones sanitarias y llegaron a subir documentos con resultados médicos para comprobar qué información abandonaba el entorno del chatbot. El resultado más llamativo se produjo en seis de las nueve versiones web (ChatGPT, Gemini, Claude, Grok, Perplexity y Mistral) y en tres aplicaciones móviles (ChatGPT, Claude y Perplexity), que transmitieron datos a rastreadores publicitarios directamente relacionados con las conversaciones.
El asunto ya ha llegado al ámbito regulatorio. La Agencia Española de Protección de Datos ha trasladado los hallazgos al Comité Europeo de Protección de Datos, mientras Bruselas mantiene una investigación sobre el tratamiento de datos de ChatGPT. El Instituto IMDEA Networks está financiado por la Comunidad de Madrid, los fondos europeos y la Administración del Estado.
La información potencialmente expuesta va mucho más allá de simples datos técnicos. El estudio detectó el envío de títulos de conversaciones, preguntas formuladas, documentos incorporados e incluso capturas de pantalla. En determinados casos también quedaron expuestos enlaces utilizados para compartir conversaciones. DeepSeek, Copilot y Meta AI, aunque no enviaron directamente el contenido conversacional en las pruebas, sí transmitieron información sobre el dispositivo y metadatos de los chats a terceros.
El problema adquiere una dimensión mayor cuando esos datos viajan acompañados de identificadores que permiten vincularlos con una persona concreta. Según los investigadores, el riesgo no reside únicamente en que un tercero pueda conocer una pregunta o un documento, sino en que esa información pueda incorporarse a perfiles de comportamiento construidos a lo largo del tiempo y entre diferentes dispositivos y servicios. Una consulta aparentemente aislada puede convertirse así en una pieza más de una ficha digital sobre los intereses y circunstancias de un usuario.
Además, las medidas habituales de privacidad ofrecen una protección limitada. Rechazar cookies, utilizar el modo incógnito o activar otras configuraciones no impidieron el funcionamiento de buena parte de los rastreadores: hasta el 80,8% permanecieron activos en las pruebas. Para los autores, esto demuestra que los servicios de IA conversacional han incorporado buena parte de la infraestructura de seguimiento característica de la web y las aplicaciones móviles.
El caso más extremo identificado fue Grok, desarrollado por xAI. Según el estudio, en su versión web las conversaciones eran accesibles públicamente por defecto mediante URL que se transmitían a siete redes externas, entre ellas Meta, TikTok, Google Ads y Twitter Analytics. Al compartir determinadas conversaciones, podían transmitirse también la última pregunta introducida por el usuario e incluso una captura del chat. En pruebas posteriores, los rastreadores realizaron hasta 70 accesos automáticos desde 14 países.
Los investigadores subrayan que la mayoría de estas prácticas no parece responder a vulnerabilidades accidentales, sino a decisiones de producto. Solo en el caso de Grok identificaron un problema de seguridad potencialmente explotable por ciberdelincuentes relacionado con los controles de acceso. Tras ser informada, xAI no respondió oficialmente ni modificó, según el estudio, la configuración de privacidad por defecto de los enlaces.
Las compañías cuestionan algunas conclusiones. Google sostiene que Gemini no incorpora publicidad y que herramientas como Google Analytics se utilizan para cuestiones técnicas, como medir el rendimiento o detectar interrupciones. OpenAI afirma que emplea herramientas de análisis para comprender el tráfico, diagnosticar errores y supervisar ChatGPT, pero niega que la información se utilice con fines publicitarios o se venda o comparta con anunciantes. Microsoft también ha asegurado no haber encontrado incumplimientos de su política de privacidad.
Los gigantes de la IA firman un acuerdo de autorregulación
Los responsables de Anthropic, OpenAI, Google, xAI, Meta y Nvidia han sellado un compromiso ante la Casa Blanca para establecer controles internos y externos a la carrera tecnológica frente a los riesgos existenciales que ellos mismos han reconocido.
Donald Trump conminó a los padres de la inteligencia artificial a sellar, negro sobre blanco, un compromiso de autorregulación que exorcice los llamamientos a frenar una carrera tecnológica que está decidido a ganar a China a toda costa, publicó Expansión.
En resumen, ante los peligros de la IA, Donald Trump busca la solución fácil: confía en la autorregulación de las empresas del sector para evitar que sus agentes digitales actúen de forma autónoma y pirateen sitios web y ataquen los sistemas tecnológicos de empresas y gobiernos como ya ha sucedido, añadió El País. Desde la Comisión Europea y desde Canadá lo que se ha pedido es formar organizaciones internacionales o supranacionales, que regulen y controlen la IA.
Sin embargo, el acuerdo de la Casa Blanca va por otro camino. “Con el fin de construir un futuro positivo para el pueblo estadounidense y el mundo, creemos que cada empresa tiene la responsabilidad de desarrollar su propia tecnología de forma segura y de manera que genere confianza entre sus clientes y el público”, reza el arranque del ‘Compromiso Conjunto sobre Responsabilidades en la Frontera Tecnológica’.
Los denominados ‘Acuerdos de la Casa Blanca en SuperInteligencia’, impulsados por Trump mediante orden ejecutiva, establecen que cada empresa deberá desarrollar su tecnología de forma segura y generar confianza entre clientes y ciudadanos.
El compromiso firmado por seis compañías contempla cuatro niveles de control: sistemas internos de ciberseguridad y prevención de amenazas químicas y biológicas, vigilancia interna, auditorías externas y un comité independiente encargado de supervisar el conjunto del proceso. Las empresas también se comprometen a colaborar periódicamente para fijar normas y buenas prácticas que mejoren la seguridad de sus sistemas.
El documento deja abierta la posibilidad de convertir estas medidas en leyes o regulaciones en el futuro, pero, por ahora, la responsabilidad queda fundamentalmente en manos de las propias compañías. El planteamiento resulta especialmente relevante en un sector que ya ha mostrado episodios de falta de control.
La estrategia encaja con la prioridad de Trump de mantener a EEUU por delante de China en la carrera tecnológica. El presidente considera que la IA tendrá un impacto económico y social incluso mayor que la Revolución Industrial o Internet.
OpenAI cancela el lanzamiento de su modelo más avanzado porque engañaba a los usuarios
OpenAI ha anunciado que su nuevo modelo de inteligencia artificial más avanzado, Astra GPT-6.1, de momento no verá la luz. La compañía ha tomado esta decisión al comprobar que su nuevo avance no cumplía con todos los requisitos de seguridad necesarios durante las pruebas internas realizadas, lo que puso en alerta a los investigadores.
En un contexto de tensión ante los peligros de la IA y con una posible salida a Bolsa en 2027, OpenAI ha decidido frenar el lanzamiento de GPT-6.1, su IA más capaz para completar tareas complejas de principio a fin sin asistencia humana, así como para escribir, según la empresa.
El problema de GPT-6.1 Astra es que sus comportamientos e intenciones no siempre coincidían con los valores, la ética y los requerimientos de seguridad humanos. En concreto, GPT-6.1 Astra mostró capacidades de engaño a los humanos y no siempre fue honesto al informar sobre lo que hacía, informó Expansión. El otro problema es que Astra avanzaba en una tarea sin pedir permiso al humano y, en ocasiones, recurría a herramientas y servicios externos incluso si esto pudiera ser inseguro.
Por otro lado, OpenAI pidió disculpas a Australia por el acceso no autorizado de uno de sus modelos a sistemas gubernamentales durante unas pruebas internas y reconoció que debería haber informado antes a las autoridades sobre el incidente, que la compañía considera un “nuevo tipo de amenaza cibernética”.
“Lo sentimos”, afirmó la tecnológica en un comunicado en el que explicó que, durante un proceso interno de entrenamiento realizado en junio, uno de sus modelos accedió a páginas del gobierno australiano de una forma no autorizada. La reacción de OpenAI se produce días después de que el primer ministro australiano, Anthony Albanese, denunciara ante la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York que un agente de IA de la compañía había accedido sin autorización a un portal del sistema público de salud, Medicare, publicó El País.
Peter Thiel apuesta 220 millones por la IA que sustituye las cercas del ganado y analiza cómo están las vacas
La ganadería acaba de entrar en el radar de uno de los grandes inversores tecnológicos de Silicon Valley. Founders Fund, el fondo de capital riesgo vinculado a Peter Thiel, cofundador de PayPal, y uno de los oligarcas tecnológicos más radicales políticamente, ha liderado una inversión de 220 millones de dólares en Halter, una tecnológica neozelandesa que utiliza GPS, sensores e inteligencia artificial para gestionar el ganado sin necesidad de cercas físicas. La operación eleva la valoración de la compañía hasta unos 2.000 millones de dólares, según El Ecosistema Startup.
Fundada en Auckland en 2016 por Craig Piggott, Halter ha desarrollado un sistema que combina collares con GPS y energía solar con una plataforma digital. El ganadero puede delimitar desde el móvil los espacios por los que deben moverse los animales, mientras los collares emiten sonidos y vibraciones para mantenerlos dentro de las zonas establecidas. El objetivo es convertir el pastoreo en un proceso programable y gestionable desde una pantalla.
Pero el verdadero activo tecnológico está detrás de los collares. Cowgorithm, el sistema de inteligencia artificial de Halter, analiza la localización y los movimientos de cada animal, además de variables como descanso, rumia o alimentación. La compañía asegura haber acumulado más de 7.000 millones de horas de datos sobre comportamiento animal, un volumen que puede convertirse en una importante barrera de entrada en un sector donde los datos son todavía un recurso relativamente escaso.
La plataforma permite automatizar el pastoreo rotacional, detectar alteraciones que puedan anticipar problemas de salud y realizar seguimiento de los ciclos reproductivos. Halter advierte, no obstante, de que sus alertas no sustituyen al veterinario, sino que funcionan como sistemas de monitorización y detección temprana.
La inversión de Founders Fund en Halter apunta a una ampliación al sector primario: la combinación de IA, sensores y datos empieza a transformar también actividades tan tradicionales como la ganadería. El entorno regulatorio puede favorecer además la expansión de estas tecnologías. En EEUU, una propuesta vinculada a la Farm Bill contempla ayudas para que los productores puedan financiar cercas virtuales cuando los desastres naturales destruyan los cercados convencionales.
La apuesta de Thiel no es, por tanto, únicamente por una nueva forma de mover ganado. Es también una apuesta por convertir los datos del comportamiento animal en una infraestructura tecnológica capaz de automatizar decisiones en uno de los sectores más tradicionales de la economía.
La IA y el periodismo, una relación más estrecha, pero muy sujeta al control de los profesionales
La inteligencia artificial está entrando en una segunda fase en el mundo laboral. La primera consistió en aprender a utilizar las nuevas herramientas; la siguiente exige algo más difícil: saber qué delegar en una máquina, verificar sus resultados, corregir sus errores y mantener bajo control las decisiones relevantes. Para los medios de comunicación, el cambio afecta a periodistas, editores, producto, marketing, audiencias y áreas comerciales, donde el factor humano sigue siendo clave.
El último Barómetro E&E de habilidades, elaborado por Expansión, recogido por ‘Newsletter del Laboratorio de Periodismo de la Fundación Luca de Tena’, sitúa el pensamiento analítico como la competencia más demandada, seguida de alfabetización en IA, resiliencia y adaptación, liderazgo y comunicación.
En una redacción, la IA puede localizar antecedentes, resumir documentos o proponer enfoques, pero no elimina la necesidad de determinar si una información está suficientemente contrastada, si una correlación se presenta indebidamente como causalidad o si un titular exagera la evidencia. La automatización abarata la primera versión de muchas tareas y, precisamente por ello, aumenta el valor de quien sabe evaluar esa primera versión.
El cambio también es organizativo. Las empresas deberán definir quién revisa los resultados generados por IA, qué margen de error es aceptable y quién puede detener un proceso automatizado. El liderazgo adquiere así una nueva dimensión: decidir qué puede delegarse y qué debe permanecer bajo criterio humano.
Eso afecta a perfiles que tradicionalmente no se consideraban tecnológicos. Editores, responsables de producto, directores comerciales, periodistas especializados, profesionales de comunicación o responsables de audiencia necesitarán suficiente alfabetización en IA para comprender qué están delegando, aunque no sepan construir los modelos que utilizan.
En periodismo, buscar antecedentes, transcribir entrevistas, contrastar datos, elaborar piezas de menor complejidad o revisar documentación ha formado históricamente parte de ese aprendizaje.
Si una parte importante de esos trabajos se automatiza, aparece una paradoja: las empresas pueden necesitar antes profesionales con criterio, pero al mismo tiempo reducir las tareas mediante las que ese criterio se adquiría.
Para los medios, la verdadera frontera de la IA no será producir más rápido, sino construir organizaciones capaces de saber cuándo confiar en una máquina y cuándo no hacerlo. Ahí seguirá estando buena parte de la calidad, la diferenciación y la credibilidad profesional.





